Siguiendo la línea conservadora de Johnny Ramone, el capitalismo de los Misfits, el republicanismo de Agnostic Front, el derechismo de Combat 84, y la irreverencia y estridencia propia del género.

Una revisión de los hechos desde una mirada de Nueva Derecha: Republicana en lo político, Neoliberal en lo económico, y Realista en lo internacional.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

De reformas y otras vainas. Parte I.

Definitivamente estoy haciendo curso de abuelo. Como lo referenció el humorista Andrés López en su única presentación que vale la pena, el abuelo siempre sabía en qué año, con qué presidente, y bajo qué medida se jodió el país. Lo más triste del caso es que se llega a la conclusión de que empezamos mal, como bien anota Pedro Díaz Arenas en su texto sobre la Constitución Colombiana de 1991, mientras que en Europa y Estados Unidos se dieron procesos de ideologización que llevaron a revoluciones, en América Latina sucedió al contrario: primero hubo revoluciones, y luego nos pusimos a pensar que ideología seguir; cosa que en Colombia considero yo que sigue vigente.

Porque posterior a esa lectura proseguimos con “Panorama del Derecho Constitucional Colombiano” de Javier Henao Hidrón, donde el autor hace un recorrido por todas las constituciones y reformas constitucionales de nuestro país, confirmando ese dudoso honor de ser uno de los países con más constituciones en la historia. Una primera conclusión que extraigo de este texto es que mientras en otros países las constituciones son sus piedras angulares, acá son las maquetas de unas “buenas intenciones”, o la masilla de un indivudo o grupo para moldear el país a su gusto. Y así pasamos de una ultra-federalista con un ejecutivo diezmado que casi crea nueve países nuevos, a una centralista con la que perdimos Panamá y nos mantuvo en un estado de sitio casi perpetuo, y hoy en día tenemos una que quiere asemejarse a los estados sociales europeos aún cuando el Estado no tiene dinero para tanta dádiva.

La segunda conclusión, y ésta no es mía sino del profesor, es que todo presidente colombiano para poner su huella en la historia intenta llevar a cabo una reforma constitucional. Lo de Uribe no es nuevo, si se revisa con cuidado se ve que todos nuestros presidentes han pretendido llevar a cabo alguna reforma, por minúscula que sea. No sólo evidencia esto que nuestras constituciones son de papel como lo definió Edgar Bodenheimer (aquellas que no contienen los factores reales de poder), sino el accionar reciente de nuestro actual presidente, Juan Manuel Santos, y su ministro de interior, Germán Vargas Lleras.

Lo grave aquí es que no se trata de una reforma caprichosa, o eso parece, de hecho, muchos la sentimos como necesaria. Me refiero a la reforma a la justicia, porque si hay una rama del poder desprestigiada en Colombia es ésta, no son pocos los clamores de que no hay justicia en nuestro país, e impunidad es una palabra de nuestro léxico común, infortunadamente; al ser estas tendencias lo que lleva al ciudadano del común o bien a quedarse callado, o a tomarse la justicia por su cuenta. Desde que tengo memoria he escuchado hablar de mejoras a este sistema, pero no sólo parece atascarse más sino que los casos sin resolver van en un grave aumento. Además de eso, otro problema de considerable magnitud son los carteles que se dan dentro de esa rama, y recuerden que es ésta la que finalmente aprueba las reformas. Este artículo da más luces a estos puntos.

Lo curioso del caso es que habiendo tenido la posibilidad de escribir una constitución nueva hace 19 años, en la cual se reestructuró dicha rama del poder, no previeron estos problemas los cuales de hecho no son nuevos en nuestra historia. Lo más probable es que la oscura mano de los grandes carteles de la droga influyera en esta, como en muchas otras medidas adoptadas por dicha asamblea constituyente, y estas acusaciones son nuevas. También da a pensar el hecho que esta constitución se escribió con un carácter en exceso conciliador, casi se diría que complaciente, para motivar a los grupos armados activos a seguir el ejemplo de aquellos que se desmovilizaron durante esos años. Dado el caso, la justicia colombiana sigue siendo un desastre.

Por otro lado, las acusaciones de “politización” de la justicia son en su mayoría expresiones lenguaraces ¿cómo se puede pensar en gente que maneja una rama del PODER, no tenga una posición política? Claro, lo ideal sería que para dichos cargos se nombrara a gente por sus méritos y un historial limpio, pero como he insistido antes, incluso ellos tienen un lineamiento ideológico y/o político que va a afectar de una forma u otra su desempeño así este se haga de manera honesta. Lo tragicómico de esto, es que ya equiparamos “política” con “corrupción” (y no es del todo gratuito), y dichos ataques se han dado por el hecho de que muchos de los miembros del Consejo Superior de Judicatura son simples títeres al servicio de algunos congresistas.

Ahora, algo en lo que tenemos que estar muy avizores es que en dicha reforma el ejecutivo no se extralimite, y la justicia quede como un anexo de éste. A pesar de los problemas que existan en dicha rama, hay que evitar la eterna tentación que existe en nuestro país por un gobierno en exceso centralizado, teniendo incluso en cuenta que en países como el Reino Unido donde no hay una separación tan clara de las ramas del poder, la justicia cuenta con independencia. Y la razón de esto es sencilla, si aquel que se encarga de hacer cumplir las leyes también está facultado para interpretarlas y administrar justicia, nos podemos encontrar con un fuerte caso de arbitrariedades, despotismo, e incluso tiranía; y si bien pueden destrabarse los casos pendientes, el costo sería altísimo.

A fin de cuentas, es necesario para que imperen las leyes que se mantenga la división del poder, y que sus ramas compitan entre sí. No me refiero a lo que la prensa acuñó como “choque de trenes”, lo cual fue una pelea cochina entre las ramas ejecutiva y judicial cuyos efectos dañinos ya se están empezando a sentir; no, me refiero a un desempeño competente y eficiente de cada una de sus funciones, para que puedan servir de peso y contrapeso entre ellas para que ninguna se exceda. Esperemos entonces que ésta sea una reforma efectiva, y no un simple hecho de vanidad política.

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